Venezuela tras la caída de Maduro: China y Cuba, los principales afectados del reordenamiento geopolítico

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha abierto una nueva etapa en la política regional cuyo impacto trasciende ampliamente las fronteras venezolanas. Más allá del relato oficial centrado en delitos transnacionales y seguridad hemisférica, el desarrollo de los acontecimientos apunta a un objetivo estratégico más amplio: redefinir —y en la práctica limitar— el flujo de petróleo venezolano hacia China y Cuba, los dos actores que emergen como los más directamente afectados por el golpe al núcleo del poder chavista.

Durante años, Venezuela funcionó como un pilar energético y geopolítico para ambos países. China consolidó su presencia en el sector petrolero venezolano mediante acuerdos de suministro a largo plazo y esquemas de pago vinculados a financiamiento estatal, mientras Cuba dependió del crudo venezolano como un elemento vital para sostener su sistema energético y mitigar su fragilidad económica. La salida de Maduro del poder amenaza con alterar de raíz ese equilibrio.

Desde la óptica de sectores influyentes en Washington, incluido el senador Marco Rubio, Maduro era visto como una extensión directa de los intereses de La Habana, un dirigente formado políticamente bajo tutela cubana y respaldado por una estrecha cooperación en inteligencia, seguridad y control institucional. En ese sentido, su caída no representa solo el debilitamiento de un gobierno aliado, sino un golpe estructural contra la proyección regional de Cuba.

Paradójicamente, el nuevo escenario no ha colocado en el centro a la oposición tradicional. La líder opositora María Corina Machado ha quedado, al menos por ahora, fuera de la ecuación inmediata, mientras Estados Unidos parece dispuesto a trabajar con Delcy Rodríguez, quien ya juró como presidenta interina. Este movimiento ha generado una pregunta clave dentro y fuera del país: ¿se trata realmente de un cambio de sistema o de una continuidad administrada con nuevos interlocutores?

Para numerosos analistas, la respuesta está menos en la arquitectura política interna y más en el control de los recursos estratégicos, especialmente el petróleo. En ese marco, China aparece como un actor particularmente vulnerable. La reconfiguración del poder en Caracas permitiría a Washington influir directamente en las condiciones de suministro hacia Pekín, reduciendo su margen de maniobra energética en América Latina y debilitando uno de sus enclaves más importantes en el hemisferio occidental.

A ello se suma un factor de alcance global: China posee un alto predominio en la producción y procesamiento de tierras raras, insumos críticos para tecnologías estratégicas como semiconductores, baterías, vehículos eléctricos, energías renovables y sistemas de defensa. Diversas proyecciones económicas coinciden en que durante la década de 2030 China podría consolidarse como la principal economía del mundo, un escenario que inquieta a los centros de poder en Washington. En este contexto, limitar la expansión energética, financiera y geopolítica china en regiones clave como América Latina aparece como parte de una estrategia más amplia de contención.

Sin embargo, Cuba enfrenta un impacto aún más inmediato y potencialmente más severo. La isla atraviesa una profunda crisis energética, con apagones prolongados y escasez crónica de combustible. Un rediseño del vínculo petrolero con Venezuela —ya sea mediante recortes, nuevos intermediarios o condiciones menos favorables— supondría un golpe directo a la estabilidad económica y social cubana, agravando tensiones internas que ya son visibles.

Desde esta perspectiva, la caída de Maduro parece menos un episodio estrictamente venezolano y más una operación de alcance regional y global, orientada a desarticular un eje de poder que conectaba Caracas con La Habana y Pekín. El mensaje estratégico es claro: el golpe no iba dirigido solo contra Maduro, sino contra el entramado internacional que sostenía su permanencia, con China y Cuba como los principales damnificados.

En conclusión, el escenario que se abre en Venezuela sugiere que el verdadero reordenamiento no se mide únicamente en términos de cambio político interno, sino en la redistribución del poder energético, económico y geopolítico. En ese tablero, China y Cuba emergen como los actores que más pierden, mientras Estados Unidos busca reposicionarse como árbitro central del futuro venezolano y, por extensión, frenar el ascenso de su principal competidor estratégico en el siglo XXI.

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