Este 1 de septiembre comenzó oficialmente en Cuba el curso escolar 2026-2027, con alrededor de 1,4 millones de niños y adolescentes convocados a las aulas en un escenario marcado por apagones, problemas de transporte, dificultades económicas y limitaciones materiales que afectan directamente a numerosas familias.
El regreso a clases ocurre mientras amplias zonas del país continúan enfrentando prolongados cortes de electricidad, una situación que durante las noches se traduce en calor, dificultades para dormir y una mayor presencia de mosquitos en numerosos hogares. Para muchos estudiantes, comenzar una jornada escolar después de una noche de apagón supone hacerlo sin las condiciones adecuadas de descanso.
A ello se suma la crisis alimentaria y la pérdida de poder adquisitivo de las familias. Aunque no existen datos oficiales que permitan determinar cuántos menores acuden a las escuelas sin desayunar, la escasez de alimentos y las dificultades económicas forman parte del contexto que rodea el inicio del nuevo curso.
El propio Ministerio de Educación ha reconocido que este período escolar comienza en condiciones diferentes a las habituales. La ministra Naima Trujillo Barreto admitió que no todas las instituciones dispondrán de las mismas posibilidades de presencialidad, horarios, transporte o alimentación y que será necesario adaptar el funcionamiento de los centros a las condiciones de cada territorio.
Las autoridades cubanas mantienen, al mismo tiempo, la orientación política e ideológica tradicional del sistema educativo. El discurso oficial continúa defendiendo los principios del socialismo y la formación ideológica asociada a la Revolución, mientras dirigentes del país han reiterado recientemente la vigencia del pensamiento marxista-leninistacomo herramienta de interpretación de la realidad cubana.
Desde el Gobierno se atribuye buena parte de las dificultades económicas a las sanciones y a la política estadounidense hacia Cuba. Sin embargo, para las familias el comienzo del curso se enfrenta a problemas mucho más inmediatos: electricidad, alimentación, transporte, recursos escolares y capacidad económica para cubrir las necesidades básicas de los estudiantes.
El Ministerio de Educación reconoce incluso que las actuales limitaciones podrían repercutir sobre la calidad integral de los servicios educativos y plantea recurrir a soluciones diferenciadas, mayor participación de las familias y aprovechamiento de los recursos disponibles en cada comunidad.
Así comienza otro septiembre para los estudiantes cubanos: con las aulas nuevamente abiertas, pero también con una pregunta que trasciende los programas docentes y los discursos oficiales: cómo garantizar que un niño pueda aprender adecuadamente cuando su vida cotidiana está condicionada por apagones, escasez y una creciente incertidumbre económica.
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