En Cuba, el nerviosismo ya no es un estado pasajero, sino una condición instalada en la vida cotidiana. A la escasez de alimentos, la miseria material, la necesidad constante, la falta prolongada de electricidad y la incertidumbre económica, se ha añadido en las últimas semanas un nuevo factor de ansiedad colectiva: los tambores de guerra. Para una población exhausta, la sola posibilidad de un escenario de confrontación resulta perturbadora, incluso paralizante.
En barrios de La Habana, Santiago, Matanzas o Camagüey, la conversación es la misma. “Aquí no hay fuerzas ni para discutir de política, imagínese para una guerra”, comenta Miriam, madre de dos hijos, mientras espera desde la madrugada para comprar pan. “Lo que uno quiere es que haya comida, luz y un poco de tranquilidad. Nada más”, añade.
El temor no responde únicamente a los rumores o a las imágenes que circulan en redes sociales, sino a una memoria colectiva marcada por crisis acumuladas. La población percibe que vive en estado de sobrevivencia permanente, y cualquier señal de tensión internacional se interpreta como una amenaza directa a una vida ya extremadamente frágil. “Si ahora mismo hay apagones de más de diez horas, ¿qué pasaría si esto se complica?”, se pregunta Ernesto, jubilado, en un parque de Centro Habana.
Para muchos cubanos, el discurso de confrontación resulta ajeno a sus prioridades inmediatas. “Aquí nadie está pensando en guerras ni en héroes. La gente está pensando en qué va a comer mañana”, afirma un trabajador por cuenta propia en Santa Clara, que prefiere no dar su nombre. En ese contraste entre la retórica política y la realidad diaria se alimenta una sensación de abandono y desprotección.
También hay miedo por los jóvenes. “Uno tiene hijos en edad de trabajar, de vivir, no de morir por conflictos que no entiende ni decidió”, expresa una mujer en Holguín. Ese temor se mezcla con la frustración de quienes sienten que no tienen margen de maniobra: no pueden emigrar, no pueden protestar abiertamente y tampoco pueden aislarse del ruido de un mundo que parece tensarse cada día más.
El sentimiento dominante no es ideológico, sino humano. La mayoría no toma partido en disputas geopolíticas; lo que predomina es el deseo de paz, estabilidad y alivio. En un país donde la guerra cotidiana es conseguir comida, agua, transporte o electricidad, la idea de un conflicto mayor se percibe como una carga insoportable.
La pregunta que muchos se hacen, en voz baja, es simple y demoledora: ¿cuánto más puede aguantar una sociedad ya al límite? En ese silencio cargado de ansiedad, el mensaje que emerge desde la calle no es de confrontación, sino de urgencia: negociar, desescalar, evitar la violencia. Porque, como repite un anciano en un solar habanero, “las guerras siempre las pagan los mismos, y los muertos no tienen nombre”.
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