La imagen difundida recientemente en la página oficial de Facebook de Casa Blanca no es un simple gráfico estadístico: es un mensaje político cargado de exclusión. Bajo el encabezado de logros laborales, se afirma que 2.5 millones de estadounidenses nacidos en el país ganaron empleo, mientras 670 mil trabajadores nacidos en el extranjero lo perdieron. La presentación no es neutral, y el subtexto es evidente.
La pregunta que muchos se hacen —y con razón— es incómoda pero necesaria: ¿los ciudadanos estadounidenses naturalizados no existen? ¿O solo cuentan cuando hay que enlistarlos para ir a la guerra, pagar impuestos o sostener sectores clave de la economía?
Al separar deliberadamente a los “native born Americans” de los “foreign born workers”, la narrativa oficial borra de un plumazo a millones de ciudadanos estadounidenses naturalizados, personas que trabajan legalmente, votan, contribuyen y forman parte integral del tejido social del país. La distinción no es técnica; es ideológica. Y apunta a reforzar una visión etnicista de la ciudadanía, donde el valor cívico parece depender del lugar de nacimiento.
Esta comunicación coincide con el endurecimiento del discurso migratorio impulsado por la administración de Donald Trump, que ha normalizado una retórica de confrontación contra inmigrantes, solicitantes de asilo y comunidades racializadas. El problema no es presentar datos del Bureau of Labor Statistics (BLS); el problema es cómo se presentan y con qué intención política.
Reducir el debate laboral a una competencia entre “nativos” y “extranjeros” alimenta la percepción de que el inmigrante —incluso el ciudadano naturalizado— es prescindible, sospechoso o menos legítimo. Es una lógica peligrosa que fractura la noción de igualdad ante la ley y convierte la identidad nacional en un arma política.
Estados Unidos se ha definido históricamente como una nación de inmigrantes. Sin embargo, este tipo de mensajes oficiales sugieren un retroceso preocupante hacia una visión selectiva y excluyente de la ciudadanía, donde unos estadounidenses son más estadounidenses que otros.
La imagen puede parecer un logro económico, pero el trasfondo revela algo más profundo: una política de comunicación que normaliza el racismo institucional, invisibiliza a millones de ciudadanos y erosiona los principios de igualdad sobre los que se construyó el país.
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