No hay peor ciego que el que no quiere ver

Hay que decirlo sin darle más vueltas: en la cima del poder en Cuba parece que hay gente que todavía vive convencida de que, si un día la cosa se pone color de hormiga y aparece una amenaza seria desde Estados Unidos, el pueblo va a salir en fila india, con el estómago vacío, el apagón arriba y el quimbombo por las nubes, a inmolarse por ellos como si esto fuera una película de los años 60. Y no. Eso no va a pasar así, por mucho que se repitan el cuento entre ellos mismos en reuniones con aire acondicionado y café garantizado.

Porque una cosa es ser cubano, querer a la tierra de uno y no tragarse una agresión extranjera como si nada, y otra muy distinta es salir corriendo a defender a una cúpula que lleva años tratándote como si la paciencia del pueblo viniera con batería infinita. El cubano podrá ser nacionalista, orgulloso, sentimental y hasta guapo cuando hace falta, pero también está fundido. Fundido del cuerpo, de la cabeza y del alma. Aquí la gente no está para epopeyas; aquí la gente está para ver si aparece el pan, si entra el agua, si llega la corriente y si no se rompe el último ventilador que queda vivo en la casa.

Lo más cómico, o más bien lo más trágicamente cómico, es esa fe casi religiosa que parecen tener Díaz-Canel y la cúpula militar en que todavía inspiran devoción popular. ¿Devoción? Compadre, si al cubano de a pie ya no le da ni para devocionar el desayuno. La gente lo que tiene es un cansancio que se puede cortar con cuchillo. Un agotamiento de campeonato. Un “no puedo más” nacional que no cabe ya ni en las estadísticas maquilladas ni en los discursos recalentados.

Porque vamos a hablar claro: el problema no es solo la escasez. Si fuera solo la escasez, ya eso en Cuba sería casi tradición olímpica. El problema es el descaro. El problema es la repetidera de consignas como si fueran rezos milagrosos, mientras la realidad parece una broma de mal gusto contada una y otra vez. Te hablan de resistencia desde una tribuna, pero el que resiste es el jubilado con una pensión que no alcanza ni para discutir. Te hablan de dignidad, pero el pueblo tiene que hacer malabares hasta para conseguir un antibiótico. Te hablan de soberanía, pero la gente lo que siente es que le han hipotecado la vida entera a la improvisación, al secretismo y a la muela eterna.

Y mientras tanto, allá arriba, siguen actuando como si el país estuviera listo para otra función del circo ideológico. Como si bastara sacar cuatro frases gastadas, dos uniformes planchados y una musiquita épica para que el pueblo diga: “Ahora sí, esta vez vamos con todo”. ¿Con qué van a ir? ¿Con la libreta? ¿Con el ventilador amarrado con alambre? ¿Con el último par de chancletas? Aquí lo que hay es una nación entera sobreviviendo a base de invento, remiendo y resignación forzada.

Lo que parece no entender la élite es que el cubano ya hizo demasiadas guardias, demasiadas colas, demasiados sacrificios y demasiadas concesiones para seguir respondiendo al mismo libreto. Ya no hay entusiasmo revolucionario; hay estrés postdoméstico. Ya no hay fervor; hay gastritis social. Ya no hay épica; hay una mezcla de rabia, agotamiento y ganas de largarse que se siente desde Pinar del Río hasta Maisí. Y eso no se resuelve con otra mesa redonda, ni con otro discurso en el que todo es culpa del enemigo mientras el desastre interno se pasea por la sala como Pedro por su casa.

Además, el pueblo no es bobo. Podrá estar cansado, golpeado y dividido, pero bobo no es. La gente ve la corrupción. La huele. La comenta bajito, la sufre en carne propia y la identifica aunque no salga en el noticiero. Sabe que hay una Cuba del discurso y otra Cuba del privilegio. Una para el sacrificio obligatorio y otra para los escogidos. Una para el apagón y otra para la planta. Una para el sermón y otra para la comodidad discreta. Y cuando un país siente que lo han puesto a cargar con todo mientras otros se acomodan detrás del telón, lo que nace no es lealtad: es hartazgo.

Por eso esa fantasía de que el pueblo saldría masivamente a defender a los que mandan tiene algo de comedia absurda. Es como pensar que el pasajero de un almendrón sin frenos va a abrazar al chofer porque el carro se va barranco abajo. No, mi hermano. El pasajero lo que está pensando es quién fue el genio que dejó que esto llegara hasta aquí, quién rompió los frenos, quién desapareció la gasolina y quién todavía pretende cobrar el viaje como si todo estuviera en orden.

Y ojo: que el cubano no quiera guerra no significa que quiera seguir cargando a los mismos de siempre. Eso es lo que algunos confunden. El amor por Cuba no se traduce automáticamente en amor por el poder. La patria no es una oficina. La patria no es una caravana de carros oficiales. La patria no es una reunión a puerta cerrada entre los mismos apellidos, los mismos uniformes y las mismas excusas de hace veinte años. La patria es la gente que suda, que resuelve, que espera, que entierra a sus viejos con dolor, que despide a sus hijos en aeropuertos, que cocina con carbón cuando no aparece la corriente y que encima tiene que escuchar que todo va según el plan. ¿Cuál plan? ¿El de dejar el país como un solar con WiFi intermitente?

Lo más irónico de todo es que el poder parece seguir apostando a una mística que ya no levanta ni un dominó en la esquina. Antes bastaba una consigna para llenar una plaza; ahora ni con megáfono, merienda y transporte garantizado logran fabricar la fe de antes. Porque la fe política, como la corriente, también se fue. Y cuando la fe se va, lo que queda es el ruido del generador, el murmullo de la decepción y la certeza de que el cuento ya no da más.

A estas alturas, seguir gobernando a punta de discurso obsoleto es como querer arreglar un hospital con una foto de Fidelpegada en la pared. No funciona. No alcanza. No convence. El país necesita soluciones reales, no una telenovela ideológica que cada temporada tiene menos presupuesto y peores actores. Necesita verdad, alivio, apertura y una transición que le devuelva un poco de oxígeno a una sociedad que ya parece vivir con respiración asistida.

Por eso la conclusión, por dura que suene, es bastante sencilla: si de verdad les quedara un mínimo de sentido común, deberían entender que el tiempo de ellos pasó. Que no pueden seguir sentados sobre las ruinas esperando aplausos por administrar escombros. Que no es serio pensar que el pueblo, agotado y descreído, va a salir a tocar cornetas por quienes lo llevaron hasta este punto. Y que a veces la decisión más patriótica no es seguir aferrado al sillón como garrapata en perro flaco, sino apartarse de una vez y dejar que el país busque otra salida.

Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y en Cuba, ahora mismo, los que menos quieren ver son precisamente los que más mandan. Siguen creyendo que el pueblo está ahí, listo para el último sacrificio, cuando en realidad lo que está listo es para otra cosa: para pasar la página, cerrar el capítulo del desgaste y decir, con el humor negro que da la supervivencia, que ya estuvo bueno del mismo circo con los mismos payasos.

Y si todavía no entienden la indirecta, habrá que decírselas en cubano básico, sin tantas vueltas: compay, recojan, apaguen la luz al salir —si es que hay luz—, cojan sus maletas y dejen de seguir jugando con un país que hace rato se quedó sin paciencia, sin combustible y sin ganas de escuchar más cuentos.

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