En los debates sobre la historia política cubana, José Martí suele ser invocado como antecedente de casi cualquier corriente ideológica moderna. Sin embargo, una lectura atenta y contextualizada de sus textos ofrece un perfil distinto: Martí fue un pensador republicano, democrático y profundamente preocupado por la justicia social, pero no un militante comunista ni un defensor de una solución única fundada en la lucha de clases. Su acercamiento a Karl Marx fue real y respetuoso, aunque inequívocamente crítico: reconoció la estatura humana e intelectual del autor de El Capital, pero expresó reservas claras ante los métodos, los excesos y el riesgo de convertir la indignación social en una dinámica de confrontación que terminara anulando la libertad.
La referencia más citada aparece en la crónica en que Martí describe un homenaje a Marx en Nueva York, publicada en La Nación. En pocas líneas, condensa un equilibrio que atraviesa toda su obra: reconoce el mérito moral de Marx y, al mismo tiempo, traza una frontera ética sobre el modo de hacer política. “Como se puso del lado de los débiles, merece honor”, escribe Martí, antes de advertir que no basta con denunciar el daño si el remedio propuesto desemboca en una lógica de choque entre seres humanos. Esa frase —leída sin descontextualizaciones— revela una preocupación central: la política no puede perder de vista la dignidad individual en nombre de una promesa colectiva.
Ese matiz desmonta dos caricaturas frecuentes. La primera, que presenta a Martí como “antiobrero” por sus críticas a la violencia; la segunda, que lo convierte en precursor automático del comunismo por su sensibilidad social. Martí condena el abestiamiento del trabajador —la deshumanización en beneficio de otros—, pero también teme que la respuesta sea una política que “eche a los hombres sobre los hombres”, advertencia contra la deriva del conflicto social cuando se vuelve fin en sí mismo y no instrumento para elevar la condición humana.
En ese punto aparece el vínculo indirecto con El Capital. Martí no dejó una reseña técnica del libro ni una refutación económica comparable a la de un tratadista. Su formación y su oficio lo orientaban más a la crónica, la ética pública y la arquitectura de una república que a la disputa metodológica sobre valor, plusvalía o acumulación. Lo que sí hace —y es lo que a menudo se confunde como “crítica a El Capital”— es cuestionar el tipo de solución política que puede desprenderse de una lectura dogmática o militante del marxismo: una política que convierta la injusticia en licencia para el odio o que sacrifique el pluralismo y la libertad individual en nombre de una promesa histórica.
Esa preocupación reaparece con nitidez en su carta a Fermín Valdés Domínguez, donde Martí formula una advertencia de análisis político, no de propaganda: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: … las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas; … y la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos…”. El énfasis es decisivo. Martí no deslegitima la preocupación social; alerta sobre el riesgo de convertirla en dogma importado o en herramienta de oportunismo personal, capaz de sustituir una injusticia por otra.
Vista así, la relación de Martí con Marx se entiende mejor como una tensión productiva. Martí reconoce el diagnóstico moral contra la explotación —la indignación ante un orden en que el capital se beneficia del trabajo ajeno—, pero desconfía de cualquier receta que, para corregirlo, termine instaurando una nueva forma de dominación. Su crítica no es rechazo a la compasión por el trabajador; es una alarma contra la confrontación total como método y contra la idea de que la sociedad se “cura” mediante la imposición de una sola verdad histórica.
Por eso, cuando hoy se afirma que “Martí era comunista”, suele forzarse su pensamiento hacia un casillero que no le pertenece. Martí defendió el equilibrio, el orden cordial, la educación cívica y una república capaz de sostener derechos y deberes, no una ingeniería social basada en la uniformidad. En su universo moral, el progreso se medía por el crecimiento de la dignidad humana, no por la victoria de un bando sobre otro. Y aunque pudo admirar al autor de El Capital como figura que se puso del lado de los débiles, de sus textos no se desprende adhesión a un programa comunista cerrado, sino una conciencia social compatible con el pluralismo y con la desconfianza ante los extremos.
La conclusión, incómoda pero necesaria para el debate público, es clara: apropiarse de Martí para justificar proyectos políticos que exigen obediencia, silencian discrepancias o reducen la vida cívica a una lealtad única no solo simplifica su obra; la contradice. Martí escribió para fundar una nación y una república, no para consagrar una ortodoxia. Su mirada sobre Marx ilumina precisamente ese punto: se puede denunciar la injusticia del capital y, al mismo tiempo, rechazar que la solución sea el fanatismo, la violencia o la sustitución de la libertad por la promesa de un paraíso administrado.
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