La política no puede justificar la bajeza humana

En la confrontación política cubana, donde los desacuerdos son intensos y las pasiones encendidas, existen principios que deberían permanecer intactos. Las diferencias ideológicas pueden ser profundas y los criterios sobre métodos y liderazgo absolutamente opuestos; sin embargo, nada justifica convertir el dolor personal en arma para el escarnio público.

Los ataques dirigidos recientemente contra la doctora Nelva Ortega, tras sufrir la pérdida de un embarazo, representan un punto de quiebre moral que trasciende cualquier postura política. Atacar a una mujer en medio de un proceso tan doloroso no es activismo, ni es debate político: es un acto de degradación humana. Una pérdida gestacional es un duelo íntimo, y convertirla en objeto de burla o instrumentalización es una forma de violencia que corroe la dignidad de toda una sociedad.

Más allá del debate sobre la figura de José Daniel Ferrer, líder de la UNPACU, existe un dato objetivo imposible de ignorar: permaneció en Cuba hasta pagar con su libertad y con su cuerpo el costo de sus decisiones políticas. Mientras numerosos críticos operan desde el exilio o desde espacios seguros, Ferrer enfrentó prisión, aislamiento y condiciones denunciadas internacionalmente. Esa permanencia —se comparta su causa o no— marcó una diferencia en términos de compromiso personal.

Su salida hacia Estados Unidos, ocurrida en octubre de 2025 bajo circunstancias extremas y tras un largo período de reclusión, no ha significado el fin de su sufrimiento. Apenas iniciada su nueva etapa en Miami, su familia enfrenta otra tragedia: la hospitalización de Nelva y la pérdida de su bebé. La humanidad exige, como mínimo, respeto ante el dolor ajeno.

No es necesario apoyar su ideología para reconocer algo esencial: hay fronteras éticas que ninguna lucha política debería cruzar. Celebrar el sufrimiento de una familia, justificar la burla o incentivar el odio no contribuye a la libertad ni al cambio; por el contrario, reproduce los mismos patrones de odio y violencia que muchos dicen combatir.

Hoy, ante un hecho tan devastador, corresponde una sola reacción posible desde la civilidad: acompañar, respetar y callar donde el dolor requiere silencio. Este editorial reafirma nuestra solidaridad con Nelva Ortega y José Daniel Ferrer, y nuestra convicción de que la política debe tener límites, y ese límite es la dignidad humana.

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