Cuba descubre que la culpa de todo sigue siendo… cualquiera menos ellos

En Cuba ya no hay que investigar nada: los culpables de todas las desgracias vienen identificados de fábrica. Es una maravilla de la eficiencia revolucionaria. El país puede estar cayéndose a pedazos, pero el Gobierno siempre tiene un sospechoso listo, fresco y disponible. Si se busca un responsable, aparece más rápido que el pan del mercado… que ya es decir.

Por ejemplo, la inflación. ¿Quién la causa? ¿La falta de producción? ¿El desorden interno? ¿La misma economía que ya no se sostiene ni con muletas? No, señor. El culpable universal es El Toque, esa página digital con poderes místicos capaz de inflar el dólar con solo pestañear. Según la versión oficial, desde su oficina secreta —que probablemente sea un cuarto con aire acondicionado, lo cual ya los hace sospechosos— publican una tasa y… ¡zas!, desastre financiero nacional. Ni la Reserva Federal tiene tanto impacto.

Los apagones de 24 horas tampoco tienen que ver con termoeléctricas abandonadas, corrupción o mantenimiento inexistente. No. Es el bloqueo, siempre listo para apagar la luz cada vez que un transformador soviético de 1972 decide retirarse del servicio… por quinta vez en el año. Y si el apagón se alarga demasiado, no descarte que también sea culpa del imperialismo, que al parecer tiene un interruptor gigante con la cara de Martí pegada.

La crisis sanitaria, con hospitales sin insumos y colapso epidemiológico, tampoco es responsabilidad de la mala gestión. Cómo va a serlo. Es obvio que los mosquitos están financiados por la CIA, la chikungunya la maneja la OTAN desde un laboratorio en Bruselas y los hospitales se quedaron sin guantes porque un gusano de Miami se los llevó todos en una maleta.

¿Y el transporte público? ¿Los P-8 rotos, los almendrones convertidos en fósiles vivientes, las rutas inexistentes? Fácil: el culpable es el imperialismo otra vez, que debe tener una fábrica de pinchazos para neumáticos en algún lugar de Hialeah.

De la economía mejor ni hablar. A cada desastre, una excusa. La impacapacidad de los dirigentes en Cuba —que ya es patrimonio cultural— tampoco se menciona. En lugar de admitir que la conducción del país parece escrita por un guionista de comedia absurda, la culpa recae en el Gobierno de Estados Unidos, que según el discurso oficial tiene tiempo para controlar desde la tasa del dólar hasta la cantidad de pan que sale del molino de Artemisa.

Y si ninguno de estos villanos sirve, siempre queda el comodín: los gusanos de Miami. Esa especie fantástica que, según la propaganda, tiene poderes ilimitados: tumban árboles, suben la corriente, rompen ómnibus, encarecen el boniato, inflan el dólar y hasta sabotean la señal del noticiero cuando se cae justo a las 8:30.

Lo único que nunca aparece en el guion es la verdad más simple: la responsabilidad está dentro, en una gestión estatal que no funciona, en un aparato económico incapaz de producir, en dirigentes que no asumen errores y en un modelo que avanza únicamente por inercia.

Pero pedir autocrítica en Cuba es como pedir pollo el 15: técnicamente existe, pero nadie lo ve.

Así que seguiremos escuchando que la culpa es del vecino, del bloqueo, de El Toque, del imperialismo, de los gusanos, del clima, del horóscopo y hasta de un satélite chino si hace falta.

Porque la única constante en la política cubana es esta: los problemas son de todos, menos de ellos.

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