Redacción CubaHerald | Análisis
No es un meme. Tampoco una parodia ni un montaje digital. La imagen que circula desde este fin de semana muestra a un ciudadano sosteniendo un cartel improvisado en el que se lee: “Defiende a Venesuela como a Cuba. Plomo. Hombre o no aber nasido”. El mensaje pretende ser político y combativo, pero termina revelando algo más profundo y preocupante: el deterioro de la educación básica y del dominio del lenguaje en Cuba.
Las faltas de ortografía —“Venesuela” por Venezuela, “aber” por haber, “nasido” por nacido— no son errores menores. No se trata de una tilde ausente ni de un descuido puntual, sino de errores estructurales que indican carencias serias en lectoescritura. El problema no es la postura política que el cartel intenta expresar, sino la evidencia de un sistema educativo que no logra garantizar competencias mínimas, incluso en adultos formados bajo un modelo que durante décadas se presentó como referente regional.
Durante años, la educación fue uno de los pilares del discurso oficial cubano, exhibida como logro histórico y herramienta de movilidad social. Sin embargo, escenas como esta plantean una contradicción difícil de ignorar. ¿Qué ocurrió con la enseñanza del idioma, la comprensión lectora y el pensamiento crítico? ¿Cómo se explica que un mensaje político —supuestamente movilizador— quede invalidado por su propia forma?
La imagen también expone otro fenómeno: la normalización del empobrecimiento cultural. El uso de consignas agresivas, escritas sin rigor, refleja un entorno donde el mensaje importa más que la claridad, y donde la educación deja de ser una herramienta de emancipación para convertirse en un accesorio prescindible. No es un problema individual; es el resultado de años de desinversión, éxodo de maestros, precariedad material en las aulas y programas educativos desactualizados.
Ser críticos con esta realidad no implica burlarse de quien sostiene el cartel. Al contrario: el foco debe estar en las condiciones que produjeron ese resultado. La responsabilidad recae en un sistema que presume de alfabetización universal, pero no garantiza calidad, continuidad ni actualización. Cuando la escritura falla, falla también la capacidad de argumentar, disentir y participar de manera informada en la vida pública.
En definitiva, esta imagen —insistimos, no es un meme— funciona como un espejo incómodo. Muestra que el debate político en Cuba convive con lagunas educativas profundas y que la crisis no es solo económica o energética, sino también cultural y formativa. Las palabras mal escritas no son el centro del problema; son el síntoma visible de una educación que ya no responde a las necesidades reales de la sociedad.
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