La reforma de las reformas: Cuba promete cambios, pero insiste en no tocar el centro del problema

Cuba volvió a entrar en modo anuncio. El poder político convocó un Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista y una sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional para evaluar nuevas “transformaciones económicas y sociales”, presentadas como una respuesta urgente a la crisis que atraviesa el país. Sin embargo, el mensaje inicial dejó una sensación conocida: reformas, sí; pero sin tocar el núcleo del modelo que ha llevado a la isla a su actual agotamiento.

El título podría ser perfectamente este: la reforma de las reformas y asuntos sin importancia. Porque en Cuba cada cierto tiempo se anuncia una nueva corrección, una nueva actualización, una nueva transformación, una nueva etapa, una nueva estrategia o un nuevo programa. Pero mientras el vocabulario cambia, la vida real de los cubanos sigue atrapada entre apagones, inflación, escasez, salarios pulverizados, transporte colapsado y hospitales sin recursos.

Durante el Pleno Extraordinario, la línea oficial volvió a quedar clara. Las medidas económicas podrán moverse, ajustarse o maquillarse, pero siempre dentro del marco socialista. No habrá, al menos por ahora, una ruptura con el esquema que durante décadas ha concentrado decisiones, limitado la iniciativa individual, castigado la prosperidad independiente y convertido cada intento de reforma en un experimento vigilado desde arriba.

El primer ministro Manuel Marrero Cruz defendió que las transformaciones deben impulsarse con “nuestros propios esfuerzos” y enfocarse en perfeccionar el sistema de dirección de la economía cubana. Roberto Morales Ojeda, por su parte, insistió en que las propuestas buscan preservar la llamada Revolución y sus conquistas. Traducido al lenguaje de la calle: se cambiarán algunas piezas, pero el motor seguirá siendo el mismo.

Ese es precisamente el problema. Cuba no enfrenta una crisis de detalles administrativos, sino una crisis de estructura. No se trata solo de que falten divisas, combustible o inversión. Se trata de que el país lleva años atrapado en un sistema que no produce lo suficiente, no remunera el trabajo, no garantiza servicios básicos y no permite que la sociedad despliegue todo su potencial sin pedir permiso a la burocracia.

Las autoridades dicen que hay que escuchar al pueblo. Pero basta mirar los comentarios de miles de cubanos en la cuenta de Facebook de la Presidencia para entender que el país real está hablando desde hace tiempo. Allí no se pide una consigna mejor redactada ni otro documento programático. Se pide comida, electricidad, medicinas, transporte, libertad económica, respeto y respuestas concretas.

El problema es que parecen escuchar solo lo que confirma su propio discurso. Cuando el pueblo reclama cambios profundos, se responde con lenguaje de continuidad. Cuando exige soluciones inmediatas, se anuncia otro proceso. Cuando denuncia agotamiento, se le convoca a resistir otra vez. Y cuando la ciudadanía expresa cansancio, se le ofrece un nuevo experimento social con nombre renovado.

El cubano común ya no tiene fuerzas para otra prueba piloto. No tiene reservas para esperar cinco años más a que una medida funcione. No tiene ahorros para sobrevivir a otra reorganización. No tiene paciencia para que le expliquen nuevamente que todo mejorará cuando se ordene lo que nunca termina de ordenarse. La gente no vive de plenarias, vive de arroz, corriente, agua, transporte, medicamentos y salario.

El paquete anunciado por Díaz-Canel incluye ideas que, en otro contexto, podrían sonar razonables: descentralización, mayor espacio para actores económicos, flexibilización del comercio exterior, cambios en subsidios, reducción de estructuras burocráticas y búsqueda de inversión. Pero en Cuba el problema nunca ha sido solo anunciar medidas, sino permitir que funcionen sin asfixiarlas después con controles, permisos, sospechas y retrocesos.

Por eso el escepticismo ciudadano no nace del pesimismo, sino de la experiencia. El país ya vivió la “actualización del modelo”, el “ordenamiento monetario”, la expansión de las mipymes, los llamados a producir más alimentos, las promesas de estabilidad energética y los discursos sobre eficiencia. Demasiadas veces, el resultado ha sido el mismo: más inflación, más apagones, más desigualdad y más frustración.

La insistencia en que las reformas “no se apartan del socialismo” puede tranquilizar a la estructura política, pero no necesariamente al ciudadano que lleva horas sin electricidad o al jubilado que no puede comprar comida. Para una familia cubana, lo importante no es si la medida encaja en una definición ideológica, sino si mañana puede comer mejor, moverse mejor, curarse mejor y vivir con menos miedo.

El poder cubano parece seguir atrapado en una contradicción: necesita cambios para sobrevivir, pero teme que los cambios reales le quiten control. Quiere atraer inversión, pero no soltar completamente las riendas. Quiere más producción privada, pero no una economía verdaderamente libre. Quiere eficiencia, pero mantiene una maquinaria burocrática que frena lo que dice querer impulsar.

El resultado es una reforma con freno de mano. Una apertura vigilada. Una promesa condicionada. Un intento de modernizar sin democratizar, de descentralizar sin perder mando, de estimular el mercado sin aceptar plenamente sus reglas. Y en ese punto, la pregunta vuelve a ser inevitable: ¿puede resolverse una crisis tan profunda con medidas que nacen limitadas desde el primer minuto?

La sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional prevista para el 18 de junio difícilmente sorprenderá. Lo más probable es que respalde las propuestas ya filtradas por la línea política y les dé forma institucional. Pero el verdadero examen no ocurrirá en el Parlamento, sino en la calle, en las colas, en los apagones, en los hospitales, en los mercados vacíos y en los hogares donde cada día se decide cómo resistir una jornada más.

Cuba no necesita otra reforma anunciada como histórica para luego terminar atrapada en la misma lógica de siempre. Necesita decisiones que liberen fuerzas productivas reales, que protejan a los más vulnerables sin castigar al que produce, que reduzcan el peso de la burocracia, que permitan inversión con garantías, que respeten la propiedad, que transparenten las cuentas públicas y que reconozcan que el país no puede seguir funcionando como un laboratorio permanente.

Si las nuevas medidas solo buscan preservar el mismo modelo con otro envoltorio, serán recibidas como lo que muchos cubanos ya sospechan: más de lo mismo. Si, en cambio, permiten cambios reales, medibles y sostenidos, la población lo notará sin necesidad de propaganda.

Por ahora, el discurso oficial habla de transformación, pero insiste en continuidad. Y esa combinación, en una Cuba agotada, suena menos a solución que a repetición. El pueblo ya habló miles de veces. La pregunta es si quienes dicen escucharlo están dispuestos a entender lo que realmente está diciendo.

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