Desde marzo de 2026, el histórico diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC), dejará de circular a diario y pasará a imprimirse solo una vez por semana. Juventud Rebelde seguirá el mismo camino y la prensa provincial desaparecerá completamente del formato impreso. La explicación oficial apunta al “recrudecimiento del bloqueo” y a la falta de combustible.
En términos prácticos, la Isla no solo pierde periódicos: pierde uno de los recursos domésticos más reciclados en tiempos de escasez. En un país donde el papel sanitario escasea con frecuencia, el anuncio ha sido interpretado con ironía por muchos ciudadanos, que durante años encontraron en los viejos ejemplares una utilidad alternativa cuando las tiendas permanecían vacías.
La versión institucional habla de ahorro de recursos y transición digital. La realidad es menos épica: escasez de papel, crisis energética crónica, apagones constantes y falta de financiamiento. Imprimir diarios en un país donde mantener encendida una rotativa depende de la estabilidad eléctrica se ha convertido en un lujo.
Granma, durante décadas símbolo de la narrativa oficial, ahora reduce su presencia física a una edición semanal. El periódico que marcó la línea ideológica del país durante generaciones enfrenta el mismo destino que otros sectores: ajuste, reducción y digitalización forzada. En el papel —literalmente— ya no hay margen.
Las autoridades aseguran que fortalecerán las plataformas digitales y facilitarán el acceso gratuito a los sitios web oficiales. Sin embargo, la migración total a internet ocurre en un entorno donde la conectividad es limitada, los datos móviles resultan costosos y miles de adultos mayores no utilizan dispositivos digitales con regularidad. La promesa de acceso universal en línea choca con la infraestructura real del país.
La desaparición de la prensa impresa provincial también deja un vacío en comunidades donde el periódico físico era una de las pocas fuentes de información disponible sin necesidad de saldo en el teléfono. Ahora, la información dependerá de conexión, batería y cobertura.
Más allá del tono institucional, el hecho expone la profundidad de la crisis económica. Cuando incluso el órgano oficial reduce su impresión, el mensaje implícito es claro: no hay recursos suficientes ni para sostener la narrativa en papel.
Entre la transición digital y la escasez estructural, Cuba pierde periódicos y, de paso, uno de los sustitutos improvisados más conocidos en tiempos de necesidad. La pregunta ya no es solo quién leerá Granma en línea, sino qué quedará cuando tampoco alcance el papel.
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