En el corazón de las calles empedradas y coloridas de Cuba, entre el aroma del tabaco y las notas de un son tradicional, pervive un tesoro gastronómico poco conocido fuera de la isla, pero profundamente arraigado en su memoria culinaria: el Vizconde dulce.
A diferencia del ron, el café o los habanos —símbolos indiscutibles de la identidad cubana— este postre se distingue por su sencillez y por el cariño con que generaciones de cubanos lo han preparado y compartido. Su textura delicada y su sabor equilibrado entre la dulzura y la suavidad lo han convertido en una de esas pequeñas delicias que evocan infancia, familia y barrio.
Uno de los templos donde el Vizconde conserva su lugar de honor es la dulcería Pérez Sosa, conocida popularmente como La Gaceñiga o El Pan de Caracas. Este emblemático establecimiento, con su fachada pintoresca y su aroma a azúcar y vainilla, ha sido testigo de décadas de historias cotidianas. Entrar allí es, para muchos, un viaje al pasado: al mostrador de cristal donde los dulces se exhiben como reliquias, y a las conversaciones que se entrelazan entre el olor del horno y la nostalgia.
A pesar del paso del tiempo y de los cambios en la gastronomía cubana, lugares como La Gaceñiga siguen defendiendo una tradición repostera que se resiste a desaparecer. El Vizconde dulce, con su discreta elegancia, encarna esa resistencia: un símbolo del sabor auténtico, de la paciencia artesanal y del amor por lo simple.
Quizás nunca alcance la fama internacional de otros postres cubanos, pero quienes lo han probado saben que guarda en su interior la esencia más pura de la dulzura isleña. Degustar un Vizconde en la dulcería Pérez Sosa no es solo un acto gastronómico: es una manera de conectar con la historia viva de Cuba, con su gente y con esa parte del alma nacional que aún encuentra en el azúcar una forma de consuelo y celebración.
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