La caída acelerada del turismo internacional en Cuba está provocando el cierre temporal de hoteles, la reducción de servicios y el envío de trabajadores a sus casas bajo la condición de “interruptos”, una figura laboral que deja a numerosos empleados con ingresos reducidos y sin certeza sobre cuándo podrán regresar a sus puestos.
Entre enero y mayo de 2026, la Isla recibió apenas 359.491 visitantes internacionales, un 58,4% menos que durante el mismo periodo de 2025, según cifras de la Oficina Nacional de Estadística e Información. Solo en mayo arribaron 30.883 turistas, un resultado que confirma el desplome de uno de los principales sectores generadores de divisas del país.
La baja ocupación ha obligado a concentrar a los pocos visitantes disponibles en determinados establecimientos, mientras otras instalaciones han suspendido operaciones o funcionan con una parte mínima de su capacidad. Empleados de hoteles, restaurantes y servicios vinculados al turismo han sido enviados de vacaciones de manera anticipada, reubicados temporalmente o declarados interruptos ante la falta de clientes y de condiciones para mantener abiertos los establecimientos.
La crisis también afecta a camareros, cocineros, personal de limpieza, músicos, guías turísticos, taxistas, arrendadores de viviendas y pequeños negocios privados que dependen del gasto de los visitantes. Para muchos trabajadores, perder las propinas y los pagos vinculados al turismo supone quedarse únicamente con un salario estatal insuficiente para afrontar los elevados precios de los alimentos, el transporte y los productos básicos.
Al descenso de viajeros se suman los apagones, la escasez de combustible, la reducción de vuelos, los problemas para garantizar alimentos y bebidas en los hoteles y la retirada parcial o total de importantes cadenas extranjeras. Meliá dejó de administrar 15 hoteles vinculados a Gaviota, mientras Iberostar se desvinculó de otros 12 establecimientos y varias compañías redujeron su presencia en el país.
El deterioro contrasta con la estrategia de las autoridades cubanas, que durante años destinaron cuantiosos recursos a construir nuevas habitaciones hoteleras incluso cuando la ocupación de las instalaciones existentes permanecía baja. Mientras sectores esenciales como la agricultura, la vivienda, el sistema eléctrico y la salud sufrían falta de inversiones, el Gobierno continuó apostando por una industria turística que ahora no logra llenar buena parte de su capacidad.
La interrupción laboral traslada nuevamente el peso de la crisis hacia los trabajadores, quienes no participaron en las decisiones de inversión ni controlan la política turística, pero terminan pagando sus consecuencias. Sin una recuperación significativa de los vuelos, el suministro energético y la llegada de visitantes, numerosos hoteles podrían continuar cerrados o funcionando parcialmente, dejando a miles de familias dependientes del sector en una situación cada vez más precaria.
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