En enero de 2026, fuerzas estadounidenses llevaron a cabo una operación militar en Venezuela, denominada Operación Absolute Resolve, que resultó en la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, trasladándolos a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcoterrorismo y tráfico de drogas. La intervención también dejó decenas de muertos entre militares venezolanos, agentes cubanos y al menos dos civiles, en una incursión que marcó un cambio abrupto en la política exterior de Washington hacia Caracas.
Meses después, en 28 de febrero de 2026, Estados Unidos y Israel lanzaron un ataque militar de gran escala contra Irán, en una operación conjunta que incluyó bombardeos y misiles contra infraestructura militar y objetivos asociados al liderazgo iraní, posiblemente con intención de debilitar la capacidad bélica y el programa nuclear de la República Islámica. El gobierno estadounidense aseguró que esperaba que el pueblo iraní se levantara contra su propio gobierno tras los ataques.
La reacción de Irán fue inmediata y violenta: lanzó una serie de ataques con misiles contra bases militares estadounidenses y sitios aliados a lo largo de Medio Oriente, incluyendo objetivos en Bahréin, Kuwait, Qatar y Arabia Saudita, elevando el conflicto a un nivel que amenaza con extenderse a una guerra de mayor envergadura.
Estos hechos han reconfigurado la conversación estratégica internacional y plantean una pregunta central: ¿Son estas operaciones piezas aisladas de una política exterior agresiva o están orientadas a un objetivo geopolítico más amplio —como limitar el ascenso de China?
La captura de Maduro y el control de Venezuela tienen un componente energético indiscutible. Venezuela posee reservas de petróleo entre las más grandes del mundo, y antes de 2026 suministraba crudo tanto a mercados occidentales como, de manera significativa, a China. Parte de la lógica detrás de la operación estadounidense y las incautaciones de tanqueros con petróleo con destino a China es reducir la capacidad de Pekín de acceder a fuentes de crudo fuera del Golfo Pérsico, minimizando alternativas energéticas que puedan pasar por alto las presiones económicas de Occidente.
En este contexto, las advertencias constantes a Cuba —aunque continúan en el discurso político estadounidense— parecen más alineadas con consideraciones internas, particularmente con un electorado anticastrista en estados como Florida, que con prioridades estratégicas globales. Cuba, carente de peso en mercados energéticos globales, se ubica hoy más como símbolo político que como objetivo estructural en esta competencia de grandes potencias.
La expansión de conflicto hacia Irán introduce otro elemento que complica —y al mismo tiempo sugiere la profundidad— de esta estrategia. Por su ubicación, un bloqueo o cierre prolongado del Estrecho de Hormuz —por donde fluye cerca del 20 % del petróleo comercializado mundialmente— tendría repercusiones profundas en los mercados energéticos, con impacto significativo en la economía china, altamente dependiente de crudo importado desde Medio Oriente.
La escalada militar actual, con ataques y represalias entre Estados Unidos, Israel e Irán, ha generado condenas internacionales, llamados a la desescalada y el riesgo de un conflicto más amplio, no solo en el Medio Oriente sino en cadenas de suministro globales. Líderes europeos y de otras regiones han expresado preocupación por las consecuencias de una guerra que podría desestabilizar mercados, provocar crisis humanitarias y reconfigurar alianzas.
Si se mira con una perspectiva estratégica más amplia, no es descabellado sostener que la suma de estas acciones apunta a debilitar la posición de China en el escenario geopolítico global, al restringir su acceso a fuentes alternativas de energía y al presionar indirectamente sus intereses en regiones clave. La reconfiguración de Venezuela y la presión militar sobre Irán —dos actores energéticos e influenciadores en sus regiones— sin duda se inscriben en una política exterior de confrontación con enemigos históricos, pero también pueden verse como partes de un rompecabezas mayor donde el objetivo final es limitar el avance de China en el ámbito energético, comercial y estratégico.
Mientras tanto, Cuba permanecerá, en gran medida, fuera del centro de esta contienda, actuando más como un apunte retórico que como un factor determinante en la redefinición de alianzas y competiciones entre superpotencias.
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