El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó el pasado 30 de junio un nuevo Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional (NSPM) sobre Cuba, con la intención declarada de «fortalecer la política estadounidense hacia la isla». Sin embargo, más allá de los titulares, el documento revela poco más que una reafirmación de sanciones ya vigentes, sin aportar soluciones tangibles, ni para los cubanos de a pie ni para una política exterior seria. En lugar de representar una estrategia renovada, el memorándum se presenta como un gesto simbólico, de utilidad política interna, pero escasa eficacia práctica.
Una reiteración sin impacto real
Lejos de proponer nuevas herramientas diplomáticas o sanciones más severas, el documento se limita a repetir medidas ya aplicadas desde el primer mandato de Trump: restricciones al turismo, limitaciones en las remesas, prohibición de relaciones comerciales con empresas vinculadas a los militares (como GAESA), y el ya conocido discurso sobre «promover una Cuba libre y democrática». Todo ello sin un plan concreto ni mecanismos reales de apoyo a la sociedad civil cubana.
Desde 2017, este enfoque ha mostrado ser más útil como instrumento de campaña que como política exterior eficaz. El nuevo memorándum no solo continúa esa línea, sino que la profundiza en el plano retórico, justo en medio de una campaña electoral donde la base cubanoamericana sigue siendo clave para los intereses republicanos en estados como Florida.
¿Una advertencia o una excusa perfecta para La Habana?
El momento de su publicación no es casual: Cuba atraviesa una de las peores crisis económicas en décadas, marcada por apagones diarios, escasez crónica de alimentos y medicamentos, y un colapso del transporte y los servicios básicos. En ese contexto, el memorándum —aunque no introduce nuevas restricciones— refuerza el discurso de confrontación justo cuando el país está más vulnerable.
Pero esta ofensiva discursiva, aunque limitada en lo práctico, le ofrece a La Habana una excusa perfecta. El gobierno cubano no ha tardado en calificar el memorándum como una «agresión», denunciando su carácter «infame» y afirmando que intensifica la «guerra económica». De este modo, la dirigencia de la isla podrá continuar justificando las carencias internas, incluso las que son resultado de su propia ineficiencia, bajo la sombra de una presión externa, aunque esta no haya cambiado de forma sustancial.
¿Le importa realmente Cuba a Washington?
Una pregunta que no puede obviarse es si, más allá de los fines electorales, a Estados Unidos le importa realmente el destino de Cuba. Si el objetivo es el bienestar del pueblo cubano y una transición democrática, ¿por qué no hay estrategias articuladas para apoyar al emergente sector privado, a la sociedad civil, o a los jóvenes que exigen cambios dentro de la isla? ¿Dónde están los canales de diálogo, la diplomacia activa o el apoyo real a la conectividad y la prensa libre?
El memorándum, como ha sido presentado, sirve más como bandera política que como herramienta de transformación. Apela a los votantes de línea dura, pero ofrece poco a quienes sufren diariamente en la isla. Y si bien la presión diplomática puede tener efectos simbólicos, sin acciones constructivas, lo que queda es un endurecimiento sin resultados visibles.
En definitiva, el nuevo memorándum sobre Cuba es una advertencia sin dientes, útil para La Habana como argumento y para Washington como marketing electoral. La vida del cubano promedio no cambiará por este documento. Y esa es quizá la crítica más seria: ni el pueblo cubano ni su futuro parecen estar en el centro real de esta política.
Trump refuerza su perfil de mano dura, mientras el gobierno cubano capitaliza la narrativa de victimismo. En medio, queda una población atrapada entre dos discursos que se retroalimentan, pero que rara vez ofrecen soluciones concretas. El desafío sigue siendo el mismo: salir del bucle de sanciones y excusas, y avanzar hacia una política que verdaderamente se interese por el destino de la nación cubana, más allá de los titulares.
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