Gerardo Hernández compartió en sus redes un video de los paisajes y centros turísticos de Cuba, asegurando que los estadounidenses se los pierden “por culpa del bloqueo”. Pero su publicación omite una realidad mucho más incómoda: quienes más se pierden Cuba son los propios cubanos.
Se la pierde el trabajador que cobra un salario equivalente a unos pocos dólares al mes y que no puede pagar una noche en muchos de los hoteles construidos en su propio país. Se la pierde la familia que apenas logra comprar alimentos y para la cual visitar esos lugares es un lujo completamente inalcanzable.
Se la perdieron durante años los médicos, maestros y trabajadores a quienes el propio sistema cubano prohibía o restringía la entrada a instalaciones turísticas reservadas para extranjeros, como si ser ciudadano de la Isla los convirtiera en personas de segunda categoría.
Se la pierden los cubanos del exilio histórico en Miami y otras ciudades, algunos de los cuales no pueden regresar libremente a la tierra donde nacieron porque las autoridades cubanas les niegan la entrada o condicionan su derecho a viajar. Eso no lo provoca el embargo estadounidense: lo decide el aparato político y migratorio cubano.
Se la pierden también los opositores, activistas y periodistas independientes que sufren vigilancia, detenciones domiciliarias y restricciones de movimiento por pensar diferente. Muchos ni siquiera pueden salir de sus casas cuando las autoridades consideran que su presencia resulta incómoda.
Y se la pierden millones de cubanos que, aunque viven dentro de la Isla, no pueden acercarse a esos hoteles, playas y espacios exclusivos porque están demasiado abajo en el rígido escalafón económico y social creado por el propio sistema.
Por eso, señor Hernández, antes de preocuparse por lo que supuestamente se pierden quienes viven fuera, debería preguntarse por qué tantos cubanos no pueden disfrutar de su propio país.
Cuba no está cerrada únicamente por sanciones externas. Para una gran parte de su pueblo, está cerrada por los bajos salarios, la desigualdad, la exclusión política, las prohibiciones migratorias y un modelo turístico que durante décadas trató al extranjero como cliente y al cubano como intruso.
El verdadero escándalo no es que un estadounidense no pueda visitar determinados lugares de Cuba. El verdadero escándalo es que millones de cubanos solo puedan contemplarlos en los videos propagandísticos que usted publica.
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