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Mortalidad infantil en Cuba se dispara a 9,9 y expone el deterioro del sistema de salud

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Cuba cerró 2025 con una tasa de mortalidad infantil de 9,9 por cada 1.000 nacidos vivos, una cifra que confirma el deterioro sostenido de uno de los indicadores que durante décadas fue presentado por las autoridades como símbolo del sistema de salud cubano. El dato, divulgado por el Ministerio de Salud Pública, supera ampliamente el registro de 2024, cuando la tasa fue de 7,1.

El aumento no es menor ni puede leerse como una simple variación estadística. En apenas un año, el país pasó de 7,1 a 9,9 fallecimientos de menores de un año por cada 1.000 nacidos vivos, mientras la natalidad también continúa en descenso. De acuerdo con los datos oficiales, en 2025 se registraron 68.051 nacimientos, más de 3.000 menos que el año anterior.

El contraste es todavía más fuerte si se compara con los mejores años recientes del país. En 2018, Cuba reportaba una mortalidad infantil cercana a 4 por cada 1.000 nacidos vivos, una cifra que la colocaba entre los mejores indicadores de América Latina. Hoy, el retroceso muestra una realidad mucho más dura: hospitales con falta de insumos, deterioro de la infraestructura, déficit de medicamentos, carencias de personal y una población cada vez más golpeada por la crisis económica.

Aunque las autoridades insisten en atribuir parte de la situación a las dificultades externas, el deterioro del Programa de Atención Materno Infantil también refleja problemas internos acumulados durante años. La falta de recursos básicos en centros hospitalarios, las interrupciones eléctricas, la escasez de alimentos, el éxodo de profesionales sanitarios y la precariedad del transporte para acceder a servicios médicos han impactado directamente en la atención a embarazadas, recién nacidos y niños vulnerables.

La mortalidad infantil es uno de los indicadores más sensibles para medir la salud real de un país, porque no depende solo de médicos o hospitales, sino de todo un entorno social: nutrición, agua potable, medicamentos, vigilancia prenatal, condiciones sanitarias y capacidad de respuesta ante complicaciones. Que Cuba haya llegado a 9,9 por cada 1.000 nacidos vivos evidencia que el problema ya no puede maquillarse con consignas ni discursos triunfalistas.

El dato golpea especialmente porque durante años el sistema cubano sostuvo su legitimidad internacional en resultados sanitarios que hoy muestran señales visibles de retroceso. La crisis no solo se expresa en apagones, colas o escasez: también se mide en bebés que no logran sobrevivir su primer año de vida, en madres que enfrentan embarazos con menos garantías y en familias que dependen de hospitales cada vez más deteriorados.

Más allá de cualquier justificación oficial, el incremento de la mortalidad infantil obliga a mirar de frente la gravedad del momento. Cuando un país que presumía de su medicina preventiva ve duplicarse prácticamente este indicador en pocos años, la conclusión es evidente: el sistema de salud cubano atraviesa una crisis profunda, y sus consecuencias ya se reflejan en la vida de los más vulnerables.

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