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Michel Torres descubre que tampoco cabe en el avión y arremete contra la “aristocracia revolucionaria” de El Vampiro y El Cangrejo

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Michel Torres Corona, conductor del programa oficialista Con Filo y uno de los rostros más visibles de la propaganda política cubana, publicó una inusual y extensa crítica contra los privilegios de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, y Sandro Castro, nietos de Raúl y Fidel Castro.

El texto, titulado El Cangrejo y el Vampiro, resulta llamativo no solo por la dureza de sus palabras, sino porque proviene de una figura que durante años ha dedicado buena parte de su espacio televisivo a desacreditar cualquier cuestionamiento al poder cubano.

Ahora, cuando los excesos de los descendientes de la familia Castro se han vuelto demasiado evidentes para ser ignorados, Torres parece haber descubierto la existencia de una “aristocracia revolucionaria”, una clase privilegiada que disfruta de restaurantes exclusivos, ropa de marca, automóviles modernos, viviendas iluminadas y acceso directo a las más altas estructuras del poder.

En otras palabras, Michel Torres parece haberse dado cuenta de que él tampoco tiene asiento reservado en el avión de la élite.

Su artículo cuestiona duramente a Raúl Guillermo Rodríguez Castro después de la entrevista concedida a USA Today, en la que el nieto de Raúl Castro habló de su estilo de vida, sus reuniones con su abuelo, sus ambiciones políticas y su supuesto deseo de que todos los cubanos puedan vivir como él.

Torres califica esa declaración de demagógica y señala el contraste entre la imagen de lujo descrita en la entrevista y la realidad de millones de ciudadanos obligados a sobrevivir entre apagones, escasez de alimentos, salarios insuficientes y servicios públicos deteriorados.

También dirige fuertes ataques contra Sandro Castro, a quien describe como un personaje frívolo que ha convertido las redes sociales en una vitrina para exhibir cervezas, automóviles, fiestas y privilegios, mientras insiste en que no recibe ventajas por pertenecer a la familia Castro.

El comunicador oficialista reconoce, además, que durante años los militantes y defensores del sistema prefirieron guardar silencio ante esos comportamientos porque criticarlos podía interpretarse como un ataque contra la dirección política del país.

Esa confesión es quizás uno de los puntos más reveladores del texto.

Torres admite que muchos dentro del oficialismo conocían los privilegios, observaban la ostentación y percibían la contradicción, pero decidieron callar para proteger la imagen de unidad. Solo ahora, cuando el malestar social es imposible de ocultar y los nietos de la cúpula se exponen abiertamente, algunos comienzan a denunciar lo que durante décadas se negó o se justificó.

El artículo habla de nepotismo, impunidad y de personas que utilizan sus apellidos para asumir funciones públicas sin haber sido elegidas. Torres se pregunta si cualquier otro cubano podría presentarse como interlocutor político, anunciar posibles negociaciones internacionales o acceder a documentos y reuniones reservadas sin ocupar un cargo institucional.

La respuesta parece evidente.

En Cuba, donde un ciudadano puede ser interrogado o detenido por realizar una publicación crítica, los descendientes de la familia gobernante parecen disponer de un margen de actuación reservado exclusivamente para ellos.

Torres sostiene que “los privilegios son los sepultureros de los derechos colectivos” y advierte que la ostentación de esas ventajas destruye el pacto social y erosiona la legitimidad del proyecto político cubano.

Sin embargo, su crítica tiene límites claros.

El conductor de Con Filo no cuestiona la estructura que permitió el surgimiento de esa clase privilegiada. Tampoco examina la ausencia de transparencia sobre las fortunas, empresas, propiedades y redes de influencia asociadas a determinadas familias del poder.

En su lugar, presenta a Sandro y a Raúl Guillermo como desviaciones individuales de un proyecto supuestamente igualitario, cuando ambos podrían ser considerados el resultado previsible de un sistema sin controles públicos independientes, sin prensa libre y sin mecanismos reales para fiscalizar a quienes gobiernan.

La aparición de esta crítica dentro del propio oficialismo puede interpretarse de varias maneras: como una reacción espontánea ante el rechazo popular, como un intento de proteger al sistema sacrificando a sus figuras más incómodas o como una señal de tensiones internas cada vez más difíciles de contener.

Lo cierto es que Michel Torres ha cruzado una línea que hasta hace poco parecía prohibida para los comunicadores oficiales.

Su frase final resume la gravedad del enfrentamiento: “Corremos el riesgo de que los vampiros nos desangren y que los cangrejos se tornen cáncer”.

La incógnita es si estamos ante un episodio aislado o si algunos defensores del poder han comenzado a comprender que, cuando llegue el momento de repartir responsabilidades, privilegios y posibles rutas de escape, probablemente tampoco tendrán un asiento reservado.

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