Mientras el Reino Unido se prepara para recibir a un nuevo primer ministro tras la renuncia de Keir Starmer, una figura permanece imperturbable frente a la célebre puerta negra del número 10 de Downing Street: Larry, el gato más conocido de la política británica.
El felino atigrado, de aproximadamente 19 años, llegó a la residencia oficial en febrero de 2011, procedente del refugio Battersea Dogs & Cats Home. Desde entonces ha servido como cazador jefe de ratones de la Oficina del Gabinete y ha convivido con seis primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Keir Starmer.
Con la próxima llegada del sucesor de Starmer, Larry podría recibir al séptimo jefe de Gobierno de su larga carrera institucional.


La imagen resulta inevitablemente irónica. Los políticos llegan a Downing Street prometiendo estabilidad, crecimiento y transformaciones históricas. Larry, en cambio, no promete nada. Duerme sobre los muebles, persigue palomas, inspecciona la entrada y observa cómo cada nuevo ocupante termina abandonando la residencia rodeado de críticas, divisiones internas o derrotas electorales.
Starmer llegó al poder en julio de 2024 con una amplia victoria laborista y la promesa de devolver la estabilidad al país después de varios años de turbulencias conservadoras. Menos de dos años después, anunció su salida presionado por los malos resultados electorales, la debilidad económica, el deterioro de los servicios públicos y el creciente descontento dentro de su propio partido.
La ironía política fue aún mayor porque, días antes de renunciar, Starmer había insistido en que continuaría en el cargo. En la política británica, como en tantas otras, las negativas categóricas suelen convertirse rápidamente en el preludio de una dimisión.
Andy Burnham, antiguo alcalde del Gran Mánchester y recién regresado al Parlamento, aparece como el favorito para sustituirlo. Sin embargo, heredará un país marcado por el bajo crecimiento, las presiones fiscales, el elevado costo de la vivienda, el deterioro de servicios esenciales y las consecuencias económicas y políticas del Brexit.

Larry conoce bien esas crisis. Desde su llegada ha presenciado la austeridad aplicada durante el Gobierno de Cameron, el referéndum de salida de la Unión Europea, las negociaciones del Brexit, la pandemia, el brevísimo mandato de Liz Truss y el regreso del Partido Laborista al poder.
También se ha convertido en una figura pública por derecho propio. Ha sido fotografiado durante visitas de presidentes y jefes de Gobierno, se refugió debajo del automóvil presidencial de Donald Trump, espantó a un zorro de mayor tamaño y protagonizó sonadas disputas territoriales con Palmerston, el antiguo gato del Ministerio de Exteriores.
Su fama llegó incluso a superar la de varios líderes políticos. Antes de las elecciones británicas de 2024, una encuesta de Ipsos le otorgó una valoración pública superior a la de Rishi Sunak y el propio Starmer.
Larry tampoco pertenece personalmente al primer ministro. Está bajo el cuidado del personal de Downing Street y permanece en la residencia cuando los gobernantes se marchan. Cameron tuvo que aclararlo al abandonar el poder: el gato era un servidor público y no podía llevárselo.
Esa condición convirtió al animal en una inesperada metáfora de la democracia británica. Los líderes cambian, los partidos se desgastan y las promesas se olvidan, pero las instituciones continúan funcionando.
Larry no vota, no concede entrevistas y no participa en las luchas internas del Parlamento. Sin embargo, después de 15 años en Downing Street, probablemente sea el testigo más constante de una época marcada por la volatilidad política.
Cuando el próximo primer ministro atraviese la puerta del número 10, las cámaras estarán pendientes del nuevo gobernante. Pero Larry, como siempre, seguirá allí, recordándole que el poder es temporal y que, en Downing Street, el único cargo verdaderamente estable parece pertenecerle a un gato.
Foto: Wikipedia
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