Un video difundido en redes sociales muestra una escena dolorosa: dos ancianos, visiblemente deteriorados, protagonizan una pelea mientras varios adolescentes observan, graban con sus teléfonos y aparentemente los incitan en lugar de intentar separarlos.
Más allá de las circunstancias que originaron la discusión, las imágenes han provocado indignación por la actitud de quienes presenciaban el enfrentamiento y decidieron convertirlo en espectáculo.
Uno de los comentarios publicados resume buena parte de la reacción generada por el video. El usuario Adrian Zaldivarescribió que lo más triste no era únicamente ver a dos personas mayores golpeándose, sino observar a jóvenes con capacidad para intervenir que prefirieron grabar y reírse.
“Una sociedad no pierde sus valores solamente cuando dos personas se golpean; también los pierde cuando quienes pueden evitarlo convierten la desgracia ajena en entretenimiento”, señaló.
La escena también vuelve a poner sobre la mesa una realidad cada vez más visible en Cuba: el deterioro de las condiciones de vida, especialmente entre los adultos mayores, muchos de los cuales sobreviven con pensiones insuficientes y enfrentan dificultades para acceder de manera regular a alimentos, medicamentos y otros productos básicos.
No es posible determinar únicamente por el video si el estado físico de los dos hombres está relacionado directamente con la falta de alimentos, pero su apariencia y la vulnerabilidad que transmiten las imágenes han generado numerosos comentarios sobre el empobrecimiento que atraviesa una parte importante de la población.


Sin embargo, la pobreza material no explica ni justifica la indiferencia.
Cuando la desgracia de dos ancianos deja de provocar preocupación y comienza a generar risas, teléfonos levantados y espectadores, el problema deja de ser solamente económico y pasa también a ser social.
Como expresó Zaldivar: esos hombres podrían ser nuestros padres o nuestros abuelos. Cuba puede atravesar una de las peores crisis materiales de su historia reciente, pero perder la solidaridad, el respeto hacia los mayores y la capacidad de auxiliar a quien lo necesita implicaría una carencia todavía más difícil de reparar.
En aquella escena había varias personas capaces de sostener un teléfono.
Hacían falta, simplemente, dos manos dispuestas a separarlos.
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