Informaciones atribuidas a fuentes con conocimiento de movimientos dentro del aparato de defensa estadounidense apuntan a que Washington habría avanzado en la preparación de una operación militar limitada o “quirúrgica” contra objetivos en Cuba entre la segunda mitad de marzo y la primera quincena de abril de 2026.
Aunque el Pentágono no ha confirmado oficialmente que existiera una misión aprobada con fecha de ejecución, varios acontecimientos conocidos posteriormente refuerzan la posibilidad de que la opción militar haya pasado de una planificación rutinaria a una fase de análisis operativo mucho más concreta.
CBS News confirmó que altos funcionarios de Defensa y planificadores militares estadounidenses estudiaron diferentes alternativas contra Cuba. Entre ellas figuraban operaciones aéreas, acciones sobre objetivos específicos e incluso un asalto dirigido por el Ejército con participación potencial de la 101.ª División Aerotransportada. El medio también informó que se realizaron reuniones y presentaciones internas sobre esos escenarios.
La comunidad de inteligencia estadounidense analizó además cómo responderían las fuerzas cubanas ante un eventual ataque. Según funcionarios citados por CBS News, el Pentágono y la Agencia de Inteligencia de Defensa comenzaron a evaluar la reacción de La Habana y a desarrollar opciones que pudieran ser presentadas al presidente Donald Trump. Ese tipo de análisis suele ser necesario antes de ejecutar una operación limitada y constituye uno de los indicios más importantes de que la posibilidad militar fue considerada seriamente.
Otro elemento que alimenta la versión es la respuesta del Congreso. El 28 de abril, el Senado estadounidense bloqueó una resolución que habría obligado a Trump a solicitar autorización legislativa antes de emprender acciones militares contra Cuba. La iniciativa fue presentada precisamente porque varios legisladores consideraban que existía un riesgo real de escalada y querían restringir anticipadamente las facultades presidenciales.
La Administración también endureció notablemente su lenguaje durante ese periodo. Trump declaró que “Cuba es la próxima”, mientras funcionarios de alto nivel comenzaron a presentar la inestabilidad de la isla como un asunto relacionado con la seguridad nacional estadounidense. La combinación de presión económica, amenazas públicas y planificación militar creó un escenario compatible con la preparación de una acción coercitiva de alcance limitado.
Paralelamente, Washington y La Habana mantenían contactos discretos. Ambas partes reconocieron conversaciones durante marzo, en momentos de máxima tensión y bajo el impacto del bloqueo de los suministros de combustible. La coincidencia entre el diálogo diplomático y la evaluación de alternativas militares permite considerar plausible que las conversaciones hayan servido para frenar, aplazar o modificar una operación que se encontraba bajo estudio.
También resulta significativo que el jefe del Comando Sur, general Francis Donovan, compareciera el 19 de marzo ante el Senado para afirmar que Estados Unidos no estaba preparando una invasión de Cuba. Su declaración negó específicamente una ocupación o toma militar a gran escala, pero no descartó necesariamente operaciones de menor alcance, acciones encubiertas, ataques puntuales o planes de contingencia sobre objetivos concretos.
Esa distinción es relevante. Una operación “quirúrgica” no equivale a una invasión. Podría consistir en ataques a instalaciones determinadas, interdicciones marítimas, acciones contra capacidades militares o una misión rápida destinada a ejercer presión sin ocupar el territorio cubano. Por ello, la negativa oficial sobre una invasión no elimina por completo la posibilidad de que se estuviera preparando una alternativa más limitada.
En los meses siguientes, la presión continuó aumentando. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó durante una visita a la base naval de Guantánamo que el Departamento de Defensa ofrecería al presidente todas las opciones necesarias ante cualquier contingencia. También advirtió que Cuba no podría resistir una confrontación con Estados Unidos si adquiría armamento capaz de amenazar territorio estadounidense o la base naval.
Cuba, por su parte, comenzó a alertar públicamente sobre el peligro de una agresión. Funcionarios cubanos reconocieron en marzo que el país se preparaba ante la posibilidad de un ataque, y en mayo afirmaron que el riesgo militar estaba aumentando mientras las negociaciones con Washington permanecían estancadas.
La hipótesis de una filtración tampoco puede descartarse. Cuando información sensible sobre una operación llega a gobiernos extranjeros, medios de comunicación o actores políticos, los planificadores pueden posponerla, modificarla o abandonarla para preservar el factor sorpresa. Sin embargo, hasta ahora no ha aparecido evidencia pública que permita determinar si hubo una filtración concreta ni quién habría tenido acceso a los supuestos planes.
Los elementos conocidos no permiten afirmar categóricamente que una orden de ataque estuviera firmada y lista para ejecutarse. Sí permiten sostener que la versión es plausible y coherente con el contexto: el Pentágono desarrolló opciones, la inteligencia evaluó la respuesta cubana, el Congreso discutió limitar las facultades de guerra del presidente, Washington intensificó sus amenazas y, simultáneamente, se produjeron conversaciones reservadas con La Habana.
La pregunta, por tanto, sigue abierta: ¿la diplomacia logró detener una operación limitada contra Cuba o una filtración obligó a Washington a replantearla? En ausencia de documentos desclasificados o testimonios directos de funcionarios involucrados, la respuesta definitiva permanece oculta dentro de los niveles más reservados del Gobierno estadounidense.
Fuente original de la versión: La Tijera News. Información contextual contrastada con CBS News, Reuters, el Senado de Estados Unidos y declaraciones de funcionarios estadounidenses.
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