Por CubaHerald | Artículo de opinión y reflexión
Hay una contradicción que merece ser examinada con valentía dentro de la sociedad cubana, tanto en la isla como en el exilio: la facilidad con la que algunos reclaman solidaridad cuando la desgracia toca a su puerta, después de haber guardado silencio, celebrado o incluso contribuido al sufrimiento de otros. No se trata de condenar a un pueblo entero, sino de cuestionar una conducta que, cuando se normaliza, termina convirtiéndose en uno de los mayores obstáculos para construir una sociedad más justa.
El cubano lleva décadas enfrentando dificultades económicas, separación familiar, escasez, restricciones y una profunda incertidumbre sobre su futuro. Hay razones legítimas para el sufrimiento y para la protesta. El problema no es llorar por las desgracias, sino permanecer indiferente ante las desgracias ajenas y exigir comprensión únicamente cuando uno mismo se convierte en víctima.
En Cuba hemos visto una contradicción particularmente dolorosa. Ciudadanos que sufren apagones, escasez de alimentos, salarios insuficientes y un deterioro progresivo de sus condiciones de vida continúan aplaudiendo públicamente a los mismos dirigentes responsables de administrar el país y tomar las decisiones que afectan su existencia. Algunos lo hacen por convicción; otros, por miedo, conveniencia o la necesidad de conservar determinados privilegios. No todos los aplausos son sinceros, pero tampoco todos pueden justificarse eternamente por el temor.
Resulta difícil comprender que alguien denuncie en privado la miseria que padece y, al mismo tiempo, participe voluntariamente en el hostigamiento de un vecino que se atreve a reclamar mejores condiciones. Los llamados actos de repudio, documentados durante décadas por organizaciones de derechos humanos, representan uno de los ejemplos más preocupantes de esta contradicción: ciudadanos enfrentados contra otros ciudadanos por expresar opiniones diferentes. Mientras unos reclaman derechos, otros se prestan para silenciarlos, como si la libertad del vecino representara una amenaza para su propia existencia.
Y esta conducta no desaparece necesariamente cuando se cruza el estrecho de Florida. También en el exilio aparecen contradicciones que merecen una reflexión profunda. Hay quienes disfrutan de las libertades de Estados Unidos, aprovechan sus oportunidades económicas y utilizan sus instituciones para prosperar, pero muestran escasa sensibilidad cuando esas mismas garantías son reclamadas por otros inmigrantes. Algunos defienden políticas migratorias extremadamente severas sin detenerse a pensar que sus propios familiares, amigos o incluso ellos mismos podrían terminar afectados por decisiones semejantes.
Entonces llega la orden de deportación, la detención migratoria o la amenaza de separación familiar, y aparece el desesperado llamado: «Por favor, ayúdennos». Y es legítimo pedir ayuda. Nadie debería ser privado de sus derechos ni de un procedimiento justo por sus opiniones políticas o por su situación migratoria. Pero hay una pregunta moral que convendría hacerse antes de llegar a ese momento: ¿a cuántas personas ayudamos nosotros cuando todavía no necesitábamos que alguien nos defendiera?
¿Cuántos levantaron la voz cuando deportaron al vecino? ¿Cuántos defendieron a una familia separada por decisiones migratorias? ¿Cuántos mostraron compasión por el recién llegado sin documentos, por el cubano que dormía en un automóvil o por el compatriota que no encontraba trabajo? ¿Cuántos prefirieron responder que cada cual debía resolver sus propios problemas, hasta que llegó el día en que ya no podían resolver los suyos?
No son preguntas abstractas. Human Rights Watch documentó en 2026 las dificultades de cubanos deportados desde Estados Unidos a México, algunos después de décadas de residencia, que terminaron separados de sus familias y sin recursos suficientes para subsistir. Esas situaciones merecen atención humanitaria y garantías legales, independientemente de lo que las personas afectadas hayan pensado o defendido políticamente. La solidaridad no debe convertirse en un premio reservado para quienes siempre estuvieron de acuerdo con nosotros.
Existe además otra conducta destructiva: la rivalidad entre cubanos que termina convirtiéndose en una especie de canibalismo social. El que consigue prosperar es atacado por quienes no han tenido las mismas oportunidades. El que emprende recibe críticas; el que denuncia una injusticia es acusado de buscar protagonismo; el que decide quedarse en Cuba es juzgado por algunos emigrados, mientras quien se marcha puede ser señalado como traidor por quienes permanecen. En lugar de construir puentes, demasiadas conversaciones terminan levantando nuevas divisiones.
A ello se suma el oportunismo de quienes cambian de discurso según el lugar donde se encuentren o la autoridad de la que esperan obtener algún beneficio. Ayer defendían públicamente una decisión que perjudicaba a sus vecinos; hoy, cuando esa misma decisión los afecta, reclaman indignados la solidaridad colectiva. Besar la bota que pisotea los derechos ajenos no garantiza que esa misma bota no termine pisoteando los propios. Y morder la mano que ayuda, simplemente porque piensa diferente, tampoco constituye una demostración de independencia.
Sin embargo, sería profundamente injusto presentar estas conductas como si definieran a todos los cubanos. La historia de Cuba también está llena de personas que han compartido lo poco que tienen, han ayudado a desconocidos, han defendido a perseguidos y han sostenido a familiares a miles de kilómetros de distancia. Hay médicos, vecinos, emigrantes, activistas y ciudadanos comunes que practican la solidaridad sin preguntar primero por las ideas políticas de quien necesita ayuda. Esa otra Cuba existe y merece ser reconocida.
También debemos comprender que una sociedad sometida durante años a la escasez, la vigilancia y la competencia por recursos limitados puede desarrollar mecanismos de supervivencia basados en el silencio, la desconfianza y el individualismo. Pero comprender el origen de determinadas conductas no significa justificarlas indefinidamente. El miedo puede explicar el silencio; no siempre justifica la participación activa en una injusticia. La necesidad puede explicar decisiones difíciles; no convierte automáticamente en aceptable perjudicar a otra persona para obtener un beneficio.
Quizás una de las tragedias menos visibles de Cuba sea precisamente esa fractura de la confianza social. Un país no se deteriora solamente cuando faltan alimentos, medicamentos o electricidad. También se deteriora cuando el vecino deja de confiar en el vecino, cuando la conveniencia pesa más que los principios y cuando se aprende que resulta más seguro aplaudir al poderoso que defender al vulnerable.
La emigración, por sí sola, tampoco corrige esas deformaciones. Se puede abandonar geográficamente un sistema autoritario y continuar reproduciendo sus peores costumbres: la intolerancia hacia quien piensa diferente, el deseo de castigar al adversario, la obediencia ciega a un líder o la creencia de que los derechos deben depender de la simpatía política. Cambiar de país no significa necesariamente cambiar de mentalidad.
Por eso, antes de pedir que alguien nos defienda, convendría preguntarnos si estamos dispuestos a defender a quien no conocemos. Antes de exigir respeto, debemos revisar cómo tratamos a quienes discrepan de nosotros. Y antes de celebrar el sufrimiento de un adversario, deberíamos recordar que ninguna posición política, ningún estatus migratorio y ninguna prosperidad económica garantizan estar a salvo de una desgracia.
No hay nada vergonzoso en llorar por la miseria. Lo vergonzoso es burlarse de la miseria de otro y después exigir que el mundo se conmueva con la nuestra. No hay debilidad en pedir auxilio. La verdadera debilidad moral aparece cuando solo reconocemos la injusticia después de convertirnos en sus víctimas.
La enseñanza es sencilla, aunque incómoda: la solidaridad que exigimos mañana debemos comenzar a practicarla hoy. Y eso incluye defender los derechos de personas que no piensan como nosotros, ayudar sin esperar recompensas y comprender que la dignidad humana no puede depender de un partido, una ideología o un documento migratorio.
Cuba no necesita únicamente un cambio económico o político. También necesita fortalecer una cultura de respeto, responsabilidad individual y solidaridad colectiva. Porque ningún país puede construir un futuro verdaderamente libre si sus ciudadanos sustituyen la obediencia ciega a un poder por la obediencia ciega a otro.
El día que dejemos de celebrar las desgracias ajenas, de justificar los abusos cuando afectan a nuestros adversarios y de pedir compasión únicamente cuando nos toca sufrir, habremos dado un paso importante hacia una sociedad mejor.
Y quizás la pregunta más necesaria para cualquier cubano, esté en La Habana, Miami, Madrid o cualquier otro lugar del mundo, no sea quién vendrá a salvarlo cuando llegue su desgracia, sino una mucho más sencilla:
¿Qué hiciste tú cuando la desgracia todavía era de otro?
Fuentes de contexto: Human Rights Watch, informe sobre deportaciones de cubanos a México (2026); Observatorio Cubano de Derechos Humanos, informes sobre actos de repudio y situación de los derechos humanos en Cuba (2020 y 2024). Las valoraciones corresponden a la línea de opinión de este artículo.
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