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El abismo de las comparaciones: Cuba y Estados Unidos frente a la realidad de sus ciudadanos

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Mientras que en Estados Unidos la norma para cualquier ciudadano es contar con tres comidas al día o más, en Cuba la población a duras penas logra asegurar una sola ración diaria. La brecha se extiende a los servicios más básicos: el territorio estadounidense disfruta de un suministro eléctrico ininterrumpido las 24 horas del día, en contraste con una isla donde los apagones extenuantes dejan a las familias con apenas una hora de corriente. Asimismo, la libertad de expresión marca una distancia insalvable, pues en el entorno norteamericano cualquier individuo puede criticar abiertamente al presidente sin temor a represalias legales, siendo lo más grave que podría enfrentar un escándalo político o mediático por parte de sectores de la comunidad de Miami que aún arrastran dinámicas del pasado.

El colapso de los sistemas sociales también echa por tierra los viejos mitos de la propaganda oficial. En Estados Unidos la salud pública tiene un costo económico, pero los hospitales garantizan insumos, tecnología y atención de primer nivel; por el contrario, en Cuba el sistema se sufraga de manera informal mediante el mercado negro o «por la izquierda», y los centros médicos carecen de lo más elemental para salvar vidas. Esta disonancia se replica en la estructura política, donde los ciudadanos estadounidenses tienen el poder constitucional de remover a un líder ineficiente a través de las urnas, mientras que en la Isla un dirigente incompetente o corrupto jamás es revocado por el pueblo, sino que es simplemente reciclado para ocupar otras funciones dentro de la misma cúpula.

Ante un panorama tan desolador, resulta imposible llamarse a engaño o intentar defender supuestas conquistas sociales que hoy no existen por ningún lado. Si los actuales líderes cubanos sintieran un respeto real por su pueblo, la solución más digna sería una renuncia en masa. No se trata de exigir la intervención de administraciones extranjeras ni de enviar a alguien desde Estados Unidos para dirigir el país; cualquier cubano de a pie posee la capacidad, el ingenio y la preparación necesaria para asumir las riendas de su propio destino. De concretarse un cambio de esta magnitud, el bienestar de la nación mejoraría de la noche a la mañana.

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