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“Con Fidel estábamos mejor”: la frase que reaparece en una Cuba golpeada por la crisis, la violencia y la desesperanza

Dos personas descansando en bancos de piedra con sus pertenencias.

Dos personas comparten un espacio de reposo en bancos de piedra frente a una fachada antigua.

Con Fidel estábamos mejor”. La frase se escucha cada vez con más frecuencia entre cubanos dentro de la isla, especialmente entre quienes comparan la situación actual con décadas anteriores. No necesariamente expresa nostalgia por el sistema político, sino el desconcierto de una población que observa cómo problemas antes menos visibles o más contenidos se han convertido hoy en parte de la vida cotidiana.

Cuba atraviesa una etapa marcada por apagones prolongados, escasez de alimentos y medicamentos, deterioro de los servicios públicos, inflación, pobreza y una creciente percepción de inseguridad. A ello se suman imágenes que hace años habrían resultado difíciles de imaginar para muchos cubanos: personas buscando comida entre la basura, ancianos pidiendo ayuda, niños solicitando alimentos en las calles y una sucesión de denuncias sobre robos, agresiones y homicidios.

Para algunos, ese deterioro explica la comparación con los años en que Fidel Castro gobernaba directamente el país. Sostienen que, aunque existían enormes restricciones económicas y políticas, determinados servicios funcionaban con mayor regularidad y el Estado conseguía mantener un nivel superior de control sobre la vida cotidiana.

Pero otros cubanos rechazan esa interpretación. Consideran que la crisis actual no nació después de Fidel Castro, sino que es consecuencia acumulada del modelo económico y político construido durante su Gobierno, caracterizado por una economía fuertemente centralizada, escasa autonomía empresarial, dependencia de aliados extranjeros y limitaciones profundas a la iniciativa privada.

Ese debate lleva inevitablemente a otra pregunta: ¿qué ocurrió con las llamadas “conquistas del socialismo”? Durante décadas, las autoridades cubanas presentaron la educación, la salud, la seguridad ciudadana y determinadas garantías sociales como pilares fundamentales del sistema. Hoy, muchas familias ven cómo esas mismas estructuras enfrentan falta de personal, infraestructura deteriorada, carencias materiales y dificultades crecientes para responder a las necesidades de la población.

El Gobierno cubano continúa señalando al embargo y las sanciones de Estados Unidos como factores decisivos de la crisis. Es indudable que las restricciones estadounidenses tienen efectos económicos y financieros sobre la isla. Sin embargo, atribuir cada problema exclusivamente a Washington impide analizar otra parte fundamental de la ecuación: las decisiones internas, los errores de planificación, la falta de reformas suficientes, la burocracia y las ineficiencias acumuladas durante décadas.

Reconocer el impacto del embargo no debería ser incompatible con reconocer las responsabilidades propias. Ningún sistema económico puede corregir sus errores mientras todos sus fracasos sean atribuidos permanentemente a un enemigo exterior.

La comparación con la etapa de Fidel Castro es, por tanto, mucho más compleja de lo que parece. Algunos recuerdan una época en la que determinados productos estaban más disponibles o existía una mayor sensación de estabilidad; otros recuerdan que buena parte de aquella estabilidad dependía de enormes subsidios soviéticos primero y venezolanos después, mientras problemas estructurales quedaban sin resolver.

Decir que “con Fidel estábamos mejor” puede describir la percepción de quienes sienten que su vida material se ha deteriorado profundamente. Pero también resulta legítimo preguntarse si la Cuba actual es, en parte, el desenlace de un modelo que durante décadas aplazó reformas necesarias y dependió de recursos externos para sostenerse.

Más allá de Fidel Castro, Miguel Díaz-Canel, las sanciones estadounidenses o cualquier explicación ideológica, existe una realidad difícil de ignorar: da dolor ver hasta qué punto se ha deteriorado la vida de millones de cubanos.

Un país que durante décadas hizo de sus logros sociales una parte central de su identidad enfrenta hoy escenas de pobreza, precariedad y desesperanza que deberían provocar una reflexión profunda, no solamente nuevos discursos justificativos.

Quizás la pregunta más importante ya no sea si “con Fidel estábamos mejor”, sino cómo llegó Cuba hasta aquí y, sobre todo, qué debe cambiar para que las próximas generaciones no tengan que seguir comparando distintas etapas de una misma crisis.

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